Solía el escultor sentarse, en sus momentos de descanso, a
pensar en el paisaje madrileño, encarnado y resplandeciente, frente a la alta
montaña, en la que la misma ondulación de la sierra, extendía un manto de
pardas sombras en las lomas. Cubriéndolo todo, abarcándolo hasta en el seno
azul de los picachos, allí henchidos de blanquísimo manto blanco, la mirada del
hombre se perdía en el infinito. Observaba
con amor el paisaje que le rodeaba, los robles centenarios, la sombra acogedora
de la encina, a cuyo abrigo ya de niño, dejaba volar su imaginación.
Amaba ese lugar, la vieja casona de piedra en la que transcurrió su infancia y adolescencia, y de
la que debió alejarse algún tiempo, para retornar impaciente, pero que siempre y aún ahora, guardaba el eco de tantas voces queridas. Recordaba la figura erguida y
fuerte de su padre recortada en el vano de la puerta llamándolo impaciente. Los
ágiles movimientos de su madre, yendo de aquí hacia allá, siempre con su voz
tenue, frágil como ella misma. Y las risas cantarinas de sus hermanos pequeños,
llenando de alegría el hogar familiar.
Volvió la mirada hacia la casa, y por un instante recobró todas las
presencias y su imaginación le trasladó a ese pasado ahora tan lejano, y sin embargo, tan próximo en sus
recuerdos. La casa parecía devolverle la
mirada con comprensión, y a la vez, con impotencia. Ella era parte de su vida,
y él la amaba, como se ama aquellas cosas que llevamos dentro, tan arraigadas,
que perderlas es casi una amputación.
Pero hoy, era su último día allí. Era día de despedidas, y
nunca le gustaron las despedidas. Había que marchar, y una parte de su vida, la
mejor, la más amada, se quedaría enredada para siempre entre esos muros
sólidos, que soportaron estoicos el paso de los años y las inclemencias del
tiempo. Se acercó a la puerta lateral, que
comunicaba a una estancia amplia y luminosa, que en otros tiempos
utilizaba su padre como almacén, y en los últimos años, él había convertido en
su taller. Algunas obras inacabadas, como sueños frustrados, dormían olvidadas
en los rincones. Otras, pulcramente cubiertas por un lienzo, esperaban el
traslado inminente. Un desorden de piezas, materiales y herramientas desparramadas en el suelo, componían el resto. La luz
difusa del atardecer, daba un tinte melancólico a la estancia, y apresuró el paso, como
huyendo de esa prematura nostalgia que
ahora comenzaba a embargarlo.
Entró en la casa. Con sus manos fuertes, ajadas por el tiempo y las largas horas de
taller, en las que piedra y cincel dejaron su huella, acarició los muros,
mientras sus pasos retumbaban sordos en la casa vacía. Los fantasmas del pasado
salieron a su encuentro, pero ya no había voces, ni risas. Sólo el silencio
respondía a su mirada que, interrogante y melancólica, se posaba en cada rincón
de aquella habitación, otrora llena de luces, y ahora, cargada de sombras.
Había que marchar. Y ahora, era una marcha sin retorno. No
había “-hasta siempre-” ni“-hasta pronto-”. Había que decir adiós. Sólo cinco
letras para cerrar un capítulo. Tal vez, el capítulo más entrañable de su vida.
Sus pies se arrastraban, las piernas le pesaban, como si el peso de todos sus
años, se acumularan en ellas, mientras el sereno avance de las sombras del
crepúsculo le recordaban que era hora de
marchar. Se obligó a salir, y al traspasar la puerta, un jardín bucólico le recibió soñoliento. La brisa del este, agitaba las
ramas de los árboles como brazos en
despedida, aletargados, con un dejo de tristeza y desamparo. La vieja encina
parecía mirarle con reproche, y desviando la vista, se acercó a la verja de
hierro, salió al camino, echó su última mirada y lentamente cerró la pesada
verja.
Una etapa se cierra. Un capítulo se acaba. No quiso mirar atrás. Mañana, otras voces
llenarían la casa, otras presencias inundarían su espacio y otras vidas
comenzarían a escribir su propia historia de amores y desamores, de risas y
llantos. Y, también para él, otra vida empezaría: nuevas vivencias, nuevas
tristezas y nuevas alegrías. Algo que se
pierde, y algo que se gana. Al fin y al cabo, todo final implica un comienzo y detrás de cada despedida, algo nuevo nos da la bienvenida. Es, simplemente, la vida que sigue.
marysa