jueves, 2 de agosto de 2012

Etapas


Solía el escultor sentarse, en sus momentos de descanso, a pensar en el paisaje madrileño, encarnado y resplandeciente, frente a la alta montaña, en la que la misma ondulación de la sierra, extendía un manto de pardas sombras en las lomas. Cubriéndolo todo, abarcándolo hasta en el seno azul de los picachos, allí henchidos de blanquísimo manto blanco, la mirada del hombre se perdía en el infinito.  Observaba con amor el paisaje que le rodeaba, los robles centenarios, la sombra acogedora de la encina, a cuyo abrigo ya de niño, dejaba volar su imaginación.

Amaba ese lugar, la vieja casona de piedra en la  que  transcurrió su infancia y adolescencia, y de la que debió alejarse algún tiempo, para retornar  impaciente, pero  que siempre y aún  ahora, guardaba el eco de tantas  voces queridas. Recordaba la figura erguida y fuerte de su padre recortada en el vano de la puerta llamándolo impaciente. Los ágiles movimientos de su madre, yendo de aquí hacia allá, siempre con su voz tenue, frágil como ella misma. Y las risas cantarinas de sus hermanos pequeños, llenando de alegría el hogar familiar.  Volvió la mirada hacia la casa, y por un instante recobró todas las presencias y su imaginación le trasladó a ese pasado ahora tan lejano,  y sin embargo, tan próximo en sus recuerdos.  La casa parecía devolverle la mirada con comprensión, y a la vez, con impotencia. Ella era parte de su vida, y él la amaba, como se ama aquellas cosas que llevamos dentro, tan arraigadas, que perderlas es casi una amputación.

Pero hoy, era su último día allí. Era día de despedidas, y nunca le gustaron las despedidas. Había que marchar, y una parte de su vida, la mejor, la más amada, se quedaría enredada para siempre entre esos muros sólidos, que soportaron estoicos el paso de los años y las inclemencias del tiempo. Se acercó a la puerta lateral, que  comunicaba a una estancia amplia y luminosa, que en otros tiempos utilizaba su padre como almacén, y en los últimos años, él había convertido en su taller. Algunas obras inacabadas, como sueños frustrados, dormían olvidadas en los rincones. Otras, pulcramente cubiertas por un lienzo, esperaban el traslado inminente. Un desorden de piezas, materiales y herramientas desparramadas  en el suelo, componían el resto. La luz difusa del atardecer, daba un tinte melancólico  a la estancia, y apresuró el paso, como huyendo de esa prematura  nostalgia que ahora comenzaba a embargarlo.

Entró en la casa. Con sus manos fuertes,  ajadas por el tiempo y las largas horas de taller, en las que piedra y cincel dejaron su huella, acarició los muros, mientras sus pasos retumbaban sordos en la casa vacía. Los fantasmas del pasado salieron a su encuentro, pero ya no había voces, ni risas. Sólo el silencio respondía a su mirada que, interrogante y melancólica, se posaba en cada rincón de aquella habitación, otrora llena de luces, y ahora, cargada de sombras.

Había que marchar. Y ahora, era una marcha sin retorno. No había “-hasta siempre-” ni“-hasta pronto-”. Había que decir adiós. Sólo cinco letras para cerrar un capítulo. Tal vez, el capítulo más entrañable de su vida. Sus pies se arrastraban, las piernas le pesaban, como si el peso de todos sus años, se acumularan en ellas, mientras el sereno avance de las sombras del crepúsculo  le recordaban que era hora de marchar. Se obligó a salir, y al traspasar la puerta,  un jardín bucólico le recibió  soñoliento. La brisa del este, agitaba las ramas de los  árboles como brazos en despedida, aletargados, con un dejo de tristeza y desamparo. La vieja encina parecía mirarle con reproche, y desviando la vista, se acercó a la verja de hierro, salió al camino, echó su última mirada y lentamente cerró la pesada verja.

Una etapa se cierra. Un capítulo se acaba.  No quiso mirar atrás. Mañana, otras voces llenarían la casa, otras presencias inundarían su espacio y otras vidas comenzarían a escribir su propia historia de amores y desamores, de risas y llantos. Y, también para él, otra vida empezaría: nuevas vivencias, nuevas tristezas y  nuevas alegrías. Algo que se pierde, y algo que se gana. Al fin y al cabo, todo final  implica un comienzo y detrás de  cada despedida, algo  nuevo nos da la bienvenida. Es, simplemente,  la vida que sigue.

marysa