sábado, 16 de junio de 2012

Memorias infantiles

Sombras. Sombras que se alargan, se hunden, se pierden, resurgen. Sombras del pasado que vienen al  presente. Sombras de soledad.

La soledad es un rincón oscuro. Un cubículo cerrado, sin espacio apenas y de escasa altura. La luz se filtra tímida por unas rendijas horizontales, pequeñas y estrechas.  EL cuerpo menudo se acomoda con dificultad, las piernas encogidas, los brazos comprimidos por las paredes estrechas y frías del metal. El pecho respira con dificultad, hay olor a ropa…..limpia? (o era sucia?). Ropa de algodón, en fin, desordenada y mal apilada junto a un bolso cilíndrico, blanco y alto. Casi tan alto, como el cuerpo menudo que se encogía a su lado,  cómplices ambos en ese pequeño espacio de tiempo en que soledad, desesperanza, tristeza y desamparo, como cuatro jinetes apocalípticos, cabalgaban rozagantes en el pecho pequeño. Sólo la mano hablaba con soltura sobre un papel arrugado, y contaba los avatares de esa cabalgata.

La soledad habla en silencio. En el silencio de un patio, demasiado grande y demasiado frío, donde el murmullo del viento se cuela sibilante por las galerías. En el silencio de una capilla, sin voces ni órganos ni coros. En el silencio de los brotes trémulos, que asomados a  las ramas, anuncian el resurgir de la vida, cuando la primavera se acerca.  En la ausencia de las voces queridas.

La soledad se viste de negro. Negro, como el hábito de las monjas. Negro, como ese cielo sin luna ni estrellas, asomándose tímido  entre las rejas de un trozo de ventana, en la cabecera de una cama fría e inhóspita. Negro, como el firmamento que atraviesa el patio a las seis de una mañana invernal, que se resiste a amanecer. Negro, como la sotana del cura que recita en latín, la misma misa inacabable de todos los días. Negro, como la ausencia.

La soledad huele a rancio. Rancio como el  olor a sudor en las ropas de las monjas. Como el olor de las aulas vacías. Como el confesionario, donde el hombre sin rostro oía, entre paciente y aburrido, los secretos infantiles, y murmuraba de tanto en tanto, frases poco inteligibles. Rancio,  como la ternura infantil que caduca  en  tanta espera.

La soledad es una mancha oscura y viscosa que se desliza sigilosamente. Son voces que no llegan, miradas vacías. El hogar ausente.  Madre, cómo te extraño. Madre, cuánto te necesito. Padre, dónde estás? Esas paredes demasiado altas para tan  poca estatura, tan  grises que recuerdan lápidas de cementerios. Ventanas estrechas, demasiadas rejas y  demasiado  altas. Imposible volar. Vuela entonces  la imaginación. Vuela la mano sobre el papel. Vuela, mi niña pequeña, serás alondra cantando en los bosques, serás gaviota buscando el mar. Serás errante viajero buscando un  lugar en el mundo.


lunes, 11 de junio de 2012

Nostalgias


Anhelos y nostalgias

Volver a la infancia,

Desandar caminos

Y encontrar de nuevo el  abrigo cálido

Del abrazo infinito.

Devolver la sonrisa a mi rostro ajado,

 Iluminar mis ojos con luces de estrellas,

 Y encontrar de nuevo

La inocencia perdida.

Recuperar los viejos sonidos lejanos

 La voz de mi madre llamando a la mesa,

 La risa y el llanto de mi hermano pequeño

Y encontrar otra vez

Las viejas cadencias

Que acunaban mis sueños.

Hadas de mi infancia,

Duendes juguetones

Y  magos insolentes

Asomando entre las sombras del jardín umbrío

En cuyo seno

Un trozo de mi vida se quedó prendido.  

Retazos de infancia

Mecidos por el viento

Remembranzas lejanas del niño que fui

Pesada nostalgia del hombre que soy

Sueños y quimeras surcaron el camino

Y mi rostro es hoy

Una página escrita

Por la pluma del tiempo

Con algunos renglones torcidos.                                                                            marysa

El retorno del inmigrante


El retorno del inmigrante

Deja un país, duele. Sin duda que duele. Es una elección difícil y traumática en muchos casos; si es una familia, para más de un miembro de esa familia, seguramente lo será. A veces, no queda más remedio que asumir la decisión porque hay razones económicas, la necesidad de dar de comer a los hijos, la sana ambición de darles un futuro mejor, o abriles la puerta a que elijan una realidad mejor que la que su país puede ofrecerles.

Luego viene el duro proceso de la integración, de la búsqueda de trabajo, del esfuerzo diario de demostrar que la persona es honrada, que sólo quiere trabajar dignamente, lo que vulgarmente se llama “pagar el derecho de piso”. Es una realidad lógica y aceptable, que forma parte del proceso. Nadie los ha llamado, suele decirse (con parte de razón, en muchos casos, y no tanta en otros…) entonces, a ellos les toca demostrar quiénes son, cómo son y qué vienen a hacer.

Por último, y después de varios años, llega la ansiada estabilidad, la persona se integra, la familia se acomoda a una nueva cultura, se incorporan hábitos, costumbres, disciplinas y se acaba amando ese entorno. Hasta que un buen día, la persona y la familia, se sienten parte de él, agradecen la noción de pertenencia  y de identidad adquiridas y recuerdan a su país, con un deje de nostalgia y afecto,  como parte de esas raíces que nunca se pierden, pero a las que ya no se pertenece.

Entonces, un buen día, este triste sistema de valores en decadencia que llamamos “Realidad económica” “Sistema financiero”  “Crisis global”, etc…etc… les dice que se acabó, que ya no hay trabajo, que regresen a su país. Y unos dicen…-“-Tienen suerte, por lo menos tienen donde volver…”. Otros, más insensibilizados, dicen “- Que se vayan de una puñetera vez, España para los españoles!-“  Y, finalmente, muchos lo aceptamos (qué remedio queda!) como parte de la realidad social que ahora nos toca vivir.

Pero, entre tanta aceptación, entre tanta vorágine de noticias que no nos da tiempo a pensar detenidamente en cada una de las situaciones que vemos a diario, yo quiero dar con mi palabras este pequeño tributo de solidaridad y comprensión a cada una de esas personas a las que hoy les toca retornar a una país que…seguirá siendo el suyo? O el suyo es éste que habían adoptado por elección? (esto me recuerda a aquella famosa frase que se atribuyó a la madre de Serrat: “yo soy de donde comen mis hijos”). A todos esos que retornan con las manos vacías y el corazón cansado; con los sueños rotos, el bolsillo exhausto y arrugas en el ceño; a los que se les han fracturado las familias, a los niños que vuelven al país de sus padres, pero que no es el suyo y que en muchos casos, ni siquiera conocen. A todos aquellos que no saben si habrá alguien para recibirlos en su retorno, porque  al que vuelve con las alforjas llenas, seguramente tendrán muchas bienvenidas y hasta un cartel inmenso glorificando su arribo, pero al que vuelve con el bolsillo encogido, con necesidades básicas sin resolver, con carencias de todo tipo,  seguramente encontrará un rostro mirando hacia otro lado, una frase lapidaria (“…y, bueno…tú te fuiste, ahora te la aguantas!”) y una noción de desarraigo muy difícil de digerir.

La vida tiene tragos duros y difíciles. Nadie está exento de ellos. A todos nos puede tocar. Intentemos, en este triste modelo social que nos toca atravesar, donde más que a una crisis económica estamos asistiendo a una crisis de valores en todos los estamentos, intentemos digo, aportar nuestra cuota de humanidad, de solidaridad, comprensión y apoyo con estas personas. Y con todas aquellas, sean de donde sean, estén donde estén, que lo están pasando tan mal. Que toda esta triste situación que estamos viendo y viviendo día a día, nos sirva para crear un modelo más justo, más solidario, más humanitario que nos permita reivindicar nuestra propia condición de seres humanos. Que no olvidemos que el hombre está por encima del dinero, que el dinero es un recurso y nunca un objetivo, que si los políticos no nos representan no permitamos que nos conviertan en sus instrumentos mediante manipulaciones mediáticas que promueven la xenofobia.

Y, por último y a modo de reflexión, creo que la emigración es inherente al hombre con inquietudes, porque de no ser así,  qué hubiera sido el mundo si el hombre en sus inicios no hubiera decidido emigrar y conocer nuevos horizontes?

marysa